DE PATROCINIOS, PROMESAS Y BONITAS PALABRAS 3

Foto: 5 de Septiembre 2010, el “Vito” bajo Cabo Formentor.

continuo –  Finalmente la interventora tuvo a bien recibirme, pero cuando me avisaron ,ya mi pensamiento volaba más allá de aquel esperado trámite; la mesa que nos separaba, la mujer sentada tras ella, los mismos límites de aquel despacho quedaban fuera de foco en mi atención. Solo quería marcharme, salir de allí cuanto antes incapaz de soportar alguna contrariedad mas.

 Y es que en el breve lapso de tiempo transcurrido entre que descubrí el anuncio de aquel pleno y el aviso de la funcionaria para que entrase me llegó al teléfono uno de aquellos lacónicos mensajes del banco, una llamada a mi amigo Felipe, el informático, se tradujo en malas noticias acerca de mi ordenador – que le había enviado a Zaragoza para reparar – y peores acerca de él, que también las estaba pasando canutas y, por último, al hilo del asunto del pleno, me asalto el recuerdo, muy reciente, de un comentario de barra de bar que había llegado a mis oídos.

He de referirlo porque reconozco que en aquel momento me afectó y acaso pueda ayudar a comprender lo acontecido durante el pleno días mas tarde. Resultó además que yo al autor del comentario lo conocía.

Es común que mientras trabajo en el barco dentro del local tenga las puertas abiertas y me visiten vecinos del pueblo que se acercan; sabedores de mi proyecto o curiosos ante la imagen de la proa de un velero asomando de un bajo en medio de la calle.Habitualmente jubilados, algunos viejos pescadores o marinos; todos me preguntan, me aportan consejos, me cuentan sus batallas y hablamos de la mar y de barcos. Muchos ven en mi proyecto un disparate pero estas interrupciones jamás me han molestado, antes al contrario, me agradan y de todos aprendo; con una excepción.

Era media mañana cuando vi entrar, hasta la cocina y como por su casa, a un individuo ya mayor de caminar pausado y chulesco; mirando a izquierda y derecha la abigarrada colección de trastos y herramientas que casi ocultan las paredes del local con gesto despectivo, como si alguien los hubiese colocado en el pasillo de su casa. Hizo extensivo el gesto, aliñado con una mueca de asco, al contemplar de proa a popa el casco de mi barco y terminó el recorrido de su inspección con un chasqueo impaciente de la lengua; adornada con un palillo la comisura de la boca, arqueadas las cejas. Aquellos ojos entrecerrados rasgaban horizontales un rostro plano, curtido por el sol, cruzado de cicatrices ahora ya difusas, y contemplaban el mundo desde un obtuso desprecio que hacia inconcebible imaginarle una sonrisa.

Entonces quedó plantado frente a mí.

 Bajo y retaco, aún siendo de la estatura común en su generación, aquellos modos de John Wayne en miniatura le daban un aire patético.

–  ¡Te vas a matar ¡ – Profetizó.

Yo intenté iniciar una conversación afable y explicarme pero me interrumpió sin apenas escuchar e inicio una insufrible enumeración de sus hazañas marinas, de miles y miles de millas navegadas, de incontables barcos, tormentas y de su inalcanzable experiencia y conocimiento de la mar. El “yo” emergía en su arenga cada tres palabras y hablaba con una suficiencia difícilmente soportable. Cuando ya detecté en su discurso un número suficiente de incoherencias, absurdos e imposibles, el resto me parecieron patrañas y acabo con mi paciencia.

Lo mas amablemente que pude lo despedí y quede solo, aunque confieso que invadido por una desagradable sensación.

Dos o tres mañanas más repitió sus profecías, ya sin otra conversación. Se limitaba a asomarse, en una ocasión ni llegué a verlo, y vociferar.

– ¡Que te vas matar….que vas a perder la vida¡

Cuando yo alcanzaba la puerta veía al agorero alejarse con aquel caminar pausado y altanero, repulido de aspecto aunque con el pelo grasiento y lacio, sorprendentemente negro, y las enormes gafas de sol de pasta marrón con que se protegía a la intemperie.

Como no disponía en “el astillero” de servicio ni agua comencé a frecuentar el bar más próximo y allí coincidíamos algunas veces. Él, normalmente soldado a la tragaperras, cuando la abandonaba para solicitar en la barra cambio u otra copa más gastaba con la camarera los mismos modos imperativos e insolentes que ya le conocía. Jamás me dirigió allí la palabra.

Durante una semana se realizaron obras en la calle del “astillero”. Los operarios abrieron una enorme zanja que pasaba por la puerta y recorría toda la calle. Cortaron como es habitual la superficie con enormes radiales y la fracturaron hasta llegar al terreno suelto con martillos neumáticos. Yo también solía utilizar una radial en el taller. Un día de aquella semana, cuando fui al bar, el individuo jugaba a las cartas en una mesa de la terraza, rodeado de numerosa parroquia y, al atravesarla yo, sin dejar de mirar su jugada, me increpó a viva voz:

–  Eeeh tú, como te vuelva a oír la radial vais a salir tú y tu barco de allí…..que eso es un almacén ..no un taller.

¿Como definir aquel tono repugnante?  No me pude contener; me detuve, me acerque a la mesa – aquel no levantaba la vista de sus cartas – y las palabras me salieron lentas, espaciadas, furiosas.

–  Déjeme en paz de una puta vez y no se acerque más por allí.-

–  Bueno, bueno…ya veremos.- contestó, media cara oculta por la baraja, hurtándome la mirada, amenazante. Giré y me dirigí al bar y allí me topé, fijado con celo a la pared junto a la puerta, con el tríptico que explicaba mi proyecto. Llevaba tiempo allí, lo veía todos los días, pero en aquel momento estuve a punto de arrancarlo. Por aquellas fechas todo el pueblo debía saber ya acerca de mi viaje y de la subvención concedida por el Ayuntamiento. Había sido invitado a explicarlo tras la entrega de premios en la “nit del sport rapitenc” que este año se celebro en la pista de patinaje cubierta, justo enfrente del “astillero”.

Fue días después cuando alguien de confianza me lo refirió; el venerable jubilado arengaba a la parroquia desde el improvisado púlpito de la barra del bar amenazando que no pagaría un recibo más al Ayuntamiento si me daban un solo euro. Es fácil imaginar el discurso que precedía a tan lapidaria amenaza, y lo que vendría después, teniendo en cuenta además que no frecuenta solo aquel bar y que tiene todo el día libre. Desde luego saber aquello me amargó el día pero entonces no le quise dar mayor importancia.

Pero ya dentro del despacho de la interventora, mientras la oía lejana describir el proceloso e intrincado vía crucis burocrático que me esperaba antes de poder cobrar la subvención, aquel amargo recuerdo vino a catalizar todos los acontecimientos de la mañana. Educadamente la dejé terminar y salí del Ayuntamiento impaciente; aunque ya en la calle, dentro de aquel mediodía de primavera impecable y absurdo, no sabía a donde dirigirme, que hacer.

Todo mi horizonte lo ocupaba aquel pleno al que como fuera debía asistir; toda percepción del tiempo limitaba en el próximo viernes, a las diez de la noche. Para cualquier otra cosa, una indefinible angustia, una densa incomodidad, me paralizaban.

-continua-

Luis Miranda, 16 de Noviembre de 2010, desde la terraza del bar antes mencionado.

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9 comentarios to “DE PATROCINIOS, PROMESAS Y BONITAS PALABRAS 3”

  1. Susana Español Says:

    Vaya, Luis, qué de penurias…pero recuerda que cuando ya nada parezca que tenga sentido para ti, prueba a escribir algún libro…realmente escribes que es una maravilla!!Digno de best´seller!!

    • Hola Susana, que alegría “verte” por aqui de nuevo.
      Lo de estas penurias es algo que nunca pensé relatar en el blog y aún ahora dudo que interese a alguien, pero es lo que hay . Tal vez sirva en el futuro a alguien que pretenda hacer algo parecido y probablemente se vaya a enfrentar a situaciones similares. En cualquier caso reconozco que contar todo esto me esta ayudando a sobrellevarlo.
      Nada pierde su sentido si tienes claro hacia donde vas y lo que pretendes. Los comportamientos y reacciones de la gente que te vas encontrando por el camino estan fuera de nuestro control. Es una de las cosas buenas de navegar en solitario; sabes a lo que te enfrentas y a quien te enfrentas, a ti mismo.
      La última parte de tu comentario, ciertamente, me abruma.

      Un beso y recuerdos a tod@s l@s exATB que frecuentes.
      Luis Miranda.

  2. Little Pirat Says:

    “Al Agua” con semejante agorero!!

    En mi navio no quedaba a bordo un ser tan “cenizo” como él. Amarrabale a sus zancas, gruesa cadena de hierro y el tablon por estribor. ¡Al agua por las barbas de mi abuelo!
    Hace falta ser necio.Cosas asi me enervan, me alteran la sangre mas aún que un buen ron.
    Y a todos los demas, que acaso parece marean, que piensen.. cuando las barbas de tu vecino veas pelar pon las tuyas a remojar.

    No es obligatorio ayudar, pero jod… por jod.. gratuitamente es muy ruin y poco honorable.

    “Dejad en paz” a quien aún tiene ilusiones en esta tierra de obligaciones, citas, leyes, instancias, burocracias y malas organizaciones

    • Bueno, bueno….por la santísima Trinidad….veo que ya estas hecha toda una bucanera.

      Ron, tablones, estribor y las barbas del abuelo!

      Tranquila, si me fuera a poner yo así por cada cosa de estas ya me habría vuelto loco.

      “La vida es ansí”, y lo homínidos también. Yo el primero.

      Gracias por el comentario.
      Un abrazo.
      Luis Miranda.

    • Santa Madonna….

      Non ho posso dire niente.

      🙂

      • Si, ya lo veo. Exactamente durante 24 minutos.

        Voy a ver si puedo traducirlo:

        “Madrecica mía del Pilar…..
        si me he quedado mudica.”*

        *Añadale el lector la adecuada entonación…

        Un besico pues.

  3. Hola marinero,

    Lo tuyo es un empezar y no terminar….es como para escribir un libro y contarlo todo.

    Y como no podría ser de otra manera, hoy no te ofrezco solo música, te propongo imágenes con las que sueña alguien que vive en una isla desierta.

    Hace tanto que no vuelo entre olas, que me han dicho que….Sailing in something like this:

    Mar, madera, viento, velas y un cello tocando a Bach…..Sailing is something like that ?

    Desde Cabo Leeuwin.

    Anne

  4. Esas cosas sólo dan más valor a la empresa. Pero que ganar de repartir alguna hostia que dan, eso sí.

  5. Qué sería el mundo sin capullos como ese retaco amargao…?
    Pues un sitio mejor 😉

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