MI TIMON DE AQUILES (1ª Parte)

Una imagen mas agradable,para compensar lo que sigue, tomada en Salou este Viernes, donde subi para ayudar en otro barco.

En tres días, tres intentos y a la tercera fue la vencida. No es que haya desmontado muchos timones en mi vida, pero si algunos y de diferentes barcos, y los que he visto desmontar.

Pero me faltaba el de mi propio barco. Yo lo miraba, sin otra preocupación que encontrar el momento para desmontarlo. Me inquietaba mas la orza, como sacar el motor, etc. Días atrás, incluso, desmontamos el del barco de Pedro, mas grande y pesado y con un sistema de timonería bastante complejo repleto de ejes, cardanes y bieletas desde la bitácora con rueda ubicada en una bañera central hasta la mecha a popa, y se hizo sin mayores contratiempos.

El del Puma 26 es más sencillo, de caña; la mecha (el eje del timón) atraviesa el casco por popa emergiendo en la bañera donde lo recoge la cabeza, una solida y pesada pieza de bronce donde penetra el tope de la mecha asegurada por un tornillo y donde se acopla el herraje de la caña. De la limera hacia abajo la pala corre paralela a la aleta del codaste hasta descansar en el talón del codaste, es pues un timón apoyado y ordinario, es decir, sin compensación.

Este talón de codaste es otra solida, contundente, casi escultórica y pesada pieza de bronce que remata la aleta del codaste y aloja el casquillo donde encaja el extremo inferior de la mecha y donde pivota la pala. Dos tornillos la atraviesan y la fijan a la aleta.

Bueno, no solo dos tornillos, o tres, cuatro como en los otros barcos que conocía, donde una vez liberada la cabeza de la mecha y los pernos que fijan el talón de codaste, este queda libre, se puede retirar y la pala desciende hasta que toda la mecha sale por la limera. Esto es lo que yo esperaba pero no fue así. Aquí había algo más…. ¿Pero el que?

Lo que ahora queda claro es que si un Puma 26 perdiese, en navegación, todos los tornillos que a la vista mantienen el timón en su sitio, tanto arriba en la cabeza de la mecha como los del talón del codaste, podría tranquilamente llegar a puerto porque no perdería el timón.

Así comenzó el trabajo:

La caña y su herraje ya estaban desmontados, esta es en origen de madera y el herraje una caja de acero inoxidable unida a la cabeza de la mecha a través de un tornillo pasante de cabeza hexagonal con tuerca autoblocante que le permite pivotar y asi levantar la caña.

Se comenzó pues por el talón del codaste.

Dejando al descubierto el talon del codaste

Recortando el contorno del talon con la "Dremel"

Lo primero fue dejarlo descubierto y visible, eliminando todas las capas de pintura y masilla que lo mantenían oculto y formando, a la vista, una sola pieza con la aleta del codaste. Para ello emplee la radial con un disco “mil hojas” hasta que la pieza bronce se dibujo, nítida y brillante, contra la fibra.

Lo siguiente consistió en separar de la fibra el contorno de la pieza eliminando la masilla alrededor con  el pequeño disco de corte de la “Dremel”. Una vez separado el metal de la fibra en todo su contorno en la medida de lo posible el tercer paso debía ser retirar los dos tornillos que aparentemente  mantenían unido este talón de codaste a la aleta.

 

Como son de cabeza plana y con la apariencia de estar casi soldados había que tener mucho cuidado de que el destornillador no patinase y destrozar las ranuras de las cabezas. Lo idóneo hubiera sido un destornillador de impacto, pero al no disponer de uno había que trabajar ejerciendo la máxima presión al tiempo que giraba el destornillador con una llave fija.

Sacando los tornillos.

Haciendo palanca con el sargento.

Con bastante esfuerzo y paciencia acabaron por salir. Una vez aparentemente libre el talón del codaste debía separarse de la aleta, como había sucedido en otras ocasiones en los demás barcos. Pero no salía.

Parecía estar toda la pieza embebida en resina y pegada a la aleta por el interior, de modo que procedí a dar unos pequeños golpes al principio para acabar recurriendo a la pesada maceta  de dos kilos al tiempo que dirigía cuidadosamente los impactos hacia abajo con la ayuda de un cortafríos. Daba igual, no parecía moverse lo mas mínimo, y se corroboraba este desconcertante hecho  con solo mirar a través de los orificios de los tornillos, se veía a través de los mismos que continuaban perfectamente alineados, no había cedido ni un milímetro.

El talon, aparentemente suelto, pero inamovible.

Intente forzar movimientos a un lado y a otro a fin de despegar lo que yo aun creía era la resina que lo mantenía pegado. Como con la mano era imposible, sujete el talón con la presa de un sargento largo y desde el extremo de la gran palanca que me proporcionaba conseguí que se moviera bastante, pero el movimiento en cualquier caso se limitaba a una oscilación, a un pivotar en torno a un centro cuyo eje no aparecía por ninguna parte, pero jamás hacia abajo.

Volví a limpiar el metal hasta casi bruñirlo en busca de ese tercer tornillo pero nada apareció.

Separe las aletas laterales  donde se ubican los tornillos, limpie y corte la fibra tras ellas, las volvi a cerrar, corte la fibra sobre el perfil de proa del talón, entre este y la aleta con un pequeño disco hasta donde pude y hasta que se rompió el disco, intente continuar introduciendo pequeñas brocas para eliminar el material a base de repetidos orificios y cuando ya parecía que nada debía impedir que bajase procedía con la maceta de nuevo a golpear infructuosamente, a mover con el sargento consiguiendo cada vez mas juego, pero sin bajar nada la pieza .

Con Pedro, que me estaba echando una mano ese día, hicimos toda clase de especulaciones, y  cuando lo dejamos para descansar y comer, una que se nos ocurrió ya en broma por lo exagerada, al final resulto ser la correcta.

Fue después de comer cuando al acercarme al timón vi un agujero nuevo en el talón del codaste. Estaba recién hecho, con la rebaba del bronce todavía afilada. Yo estaba desconcertado e indignado. ¿Quién y para que se había atrevido a hacer un agujero allí? No tenía sentido, habríamos oído el taladro, estábamos comiendo al lado, dentro del barco de Pedro.

Y allí estábamos, estupefactos y en silencio contemplando el condenado orificio cuando Pedro observo que este parecía de salida, por la forma de la rebaba, y yo quise comprobar si coincidía el diámetro con la última broca utilizada, que aun estaba puesta en el taladro. Al introducirla ésta penetro hasta el final y emergió por el otro lado. Entonces me di cuenta de que debía dirigir toda mi indignación hacia mi persona. Había sido yo mismo.

Cuando empecé a taladrar la fibra algo desvió la broca y esta atravesó la aleta de bronce del otro lado sin que pudiese verlo. Acto seguido, agotado y aburrido, deje la herramienta y nos fuimos a comer, sin darme cuenta de lo que había sucedido.

Ese “algo” mucho mas duro que la fibra y que desvió la broca era la respuesta, y coincidía con la teoría que en broma habíamos imaginado unas horas antes.

Efectivamente, una varilla roscada de métrica 12 de un durísimo y tenaz acero inoxidable atraviesa toda la aleta del codaste desde el interior del casco hasta enroscarse en lo mas profundo del talón de codaste de bronce, a lo largo de más de sesenta centímetros.

El muñon de fibra donde sale la varilla que llega hasta el talon del codaste.

Como no me lo podía creer, subí al barco para buscar el extremo superior de la varilla y la tuerca que allí debía sujetarla. Abrí el pañol de babor en la bañera, me metí dentro y una vez allí, retirando la tapa que da registro por popa a la caja del motor e introduciéndome a través de tan angosto vano, repte con la linterna hacia la limera.

Ya aparecida la varilla, retirando fibra para descubrir la tuerca.

Allí estaba, entre la limera y la montaña de fibra que oculta las fijaciones del arbotante, alineada, una protuberancia de fibra en cuyas entrañas debía estar la condenada tuerca. El panorama no era muy alentador, la zona es tan estrecha que apenas me permite levantar la cabeza y para trabajar con ambas manos he de apoyarme en los codos, sin apenas espacio para maniobrar. Solo de recordar el trabajo de descubrir los pernos de la orza, el intentar repetir esa faena con la maceta y el escoplo dentro de esa especie de ataúd sin espacio para apenas mover los antebrazos, me estaba agotando antes de empezar. Necesitaba salir a respirar y pensar un poco.

 No pensé mucho, regrese adentro armado con la maceta y el cortafríos pero pronto volvi a salir, era inútil, no tenia recorrido para lanzar el golpe, no podía apuntar bien y la fibra me devolvía el impacto al cortafríos, apenas sujeto con los dedos, sin alterarse. Ademas, nunca podría alcanzar la cara de popa del muñón desde allí, había que pensar otra cosa.

Varilla y tuerca ya descubiertas. Al fondo, la limera.

Meterme allí con una radial y un disco de corte a unos centímetros de la cara no me pareció buena cosa, algo me decía que no. Pero con la dremel y un pequeño disco, que podía manejar con una mano casi como un lapicero, lo vi mas pertinente. Y así lo hice, volví a bajar con la linterna, la pequeña herramienta y una careta de policarbonato para proteger la cara y los ojos y fui cortado finas rebanadas del muñón de fibra alrededor de la tuerca. Lo peor fue el polvillo de la fibra que inundaba rápidamente la pequeña cavidad y me obligo a salir y volver a entrar tres veces, que es casi peor que estar dentro.

Finalmente conseguí dejar al descubierto el extremo de la varilla y la tuerca. Esta salió sin demasiados esfuerzos, en términos relativos, claro, y acto seguido, por impaciencia, cometí el error de golpear el extremo libre de la varilla con la maceta, con la esperanza de que bajase y con ella el talón del codaste. El único resultado fue el de aplastar los hilos de la rosca, no bajo ni un milímetro. Salí como pude de aquel agujero, dolorido y maldiciendo mi estupidez, y me dije que mañana seria otro día.

Había acumulado dos errores: Uno, al desconocer la existencia de la varilla probablemente la había deformado haciendo palanca con el sargento y dando tantos golpes. Dos, el antes mencionado de golpear el extremo superior, aplastándolo e impidiendo ahora el poder colocar la tuerca y una contratuerca para extraer la varilla por arriba hasta liberar el talón, y que me iba a obligar, mas adelante, a meterme allí con la radial para rectificarla hasta que la tuerca volviese a coger camino.

 Y ahora interrumpo porque me voy a dormir, mañana el final.

San Carlos de la Rapita, Domingo 11 de Abril de 2010.

Luis Miranda.

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5 comentarios to “MI TIMON DE AQUILES (1ª Parte)”

  1. pppitillo Says:

    Luis, me tienes en ascuas.
    Que pena que no vieras mi post en el Club Puma hace mucho, pues precisamente mis dudas para quitar el timón era que al sacar el codaste y retirar los 3 tornillos, no salía de ningún modo.
    Y por suerte como en tu caso, haciendo un cajeado al codaste pensando que sería la fibra que estaba muy pegada y no lo dejaba caer; descubrí la famosa varilla roscada.
    Bueno, mejor descubrí la varilla, porque no tenía ni idea que llegaba hasta el casco como pones en las fotos.
    Cuando vi la varilla, paré y publiqué en el Club pidiendo consejo de alguien que hubiera ya realizado este trabajo (y fue cuando tu me comentaste que estabas con esta faena).
    Gracias por todo y estaré atento e impaciente a la segunda parte.

    • Joder, pppitillo, pues hubiese sido una informacion util, pero no lo lei, no me da tiempo de leer todo.
      Que habia algo que atravesa toda la aleta, como he escrito antes, fue una de las cosas que pense pero deseche por excesiva. Pero es que en este barco todo resulta ser excesivo.
      Bueno, ahora ya esta.
      Te voy a pedir un favor, cuando os contesto algun comentario, ¿hay algo que os avisa? Es que no se si la gente recibe de algun modo las contestaciones o han de pasar por aqui y verlas. Si eres tan amable, ¿Me lo podrias aclarar?
      Muchas gracias y un saludo.
      Luis Miranda.

  2. NAUTILUS Says:

    ¡Alucinante!… ¿Quién se iba a imaginar la existencia de dicha varilla? Los que tengamos que hace un uso “normal” del barco, mejor no tocarlo, suficiente reforzado parece que está.

    • Gracias Nautilus.
      Por imaginarlo, yo lo imagine; pero como tantas otras cosas cuando no te explicas porque no cae lo que tendria que caer cuando ya se supone que has hecho todo lo preciso para que caiga.
      Cuanto mas disecciono este barco mas me sorprende, y para bien.
      Un saludo.
      Luis Miranda

  3. guillermo Says:

    tengo un puma 26, y me has dejado en ascuas, tengo que desmontar el timon, y me sirve de mucho tus comentarios, gracias

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